La genial A Toxa de burros, grobits, insectos y cangrejos

Los antonautas acabamos de descubrir la isla de A Toxa. Cómo es eso posible, os preguntaréis, con la fama que tiene y estando a una hora de Santiago. Pues os lo diremos: lo cierto es que hemos ido unas cuantas veces y hasta nos hemos quedado hospedados de balneario y, sin embargo, no teníamos ni idea sobre la existencia de su parque forestal. Este ocupa el centro de la isla, cuenta con varios senderos habilitados para hacer rutas y tiene cuatro entradas, una de ellas nada más cruzar el puente a la izquierda.

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Si tomamos como referencia esta entrada, la de Con do Vecho, justo al comienzo nos encontraremos con el recinto reservado a los burros fariñeiros. Su presencia tiene como objetivo preservar la especie pero también recordar una leyenda que, con distintas variantes, apunta a que fue un equino enfermo quien provocó que fuera descubierto el poder curativo de las aguas termales de la isla, a la postre la fuente de su riqueza y auge turístico. Grabada sobre el respaldo de un banco, una leyenda nos indica que popularizó la leyenda Emilia Pardo Bazán. Por eso, en honor a la escritora, Emilia y Pardo fueron los primeros burros aquí alojados.

burros

Justo al lado de ese banco del que hablábamos, encontramos una valla que nos llevó a un parque lleno de elementos de madera (hechos por una carpintería de O Grove, gran detalle). A él se lanzaron los comandantes antonautas y hubo de pasar aún un rato antes de que nos diésemos cuenta de que se trataba de un circuito canino (ejem, ejem). No obstante, la revelación fue muy celebrada. ¿En quienes se convirtieron los comandantes antonautas en menos de lo que canta un gallo? Efectivamente, en la Patrulla Canina, con Ryder dando las oportunas indicaciones de adiestramiento.

canina

Difícil fue continuar pero al final lo conseguimos apelando a nuestro próximo objetivo: la búsqueda de los hobbits. Que en realidad son unos parientes llamados grobits (son de O Grove y no de La Comarca) que moran en las profundidades de las aguas termales de la isla y salen a la superficie a través del pozo que hay en la aldea para jugar en el bosque y descansar en sus pequeñas casitas.

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No se sabe cuándo van a salir, nunca abren la puerta y es díficil verlos. Quizás por eso, para sobrellevar la espera, han dejado unos cuantos juegos para los niños como un balancín, una hamaca…

 

 

El paseo continúa entre pinos centenarios, más bancos con leyendas y paneles informativos que nos acercan a personajes relacionados con A Toxa (como O Cego de Padendre, acordeonista, o el periodista Jaime Solá), a las costumbres vecinales o a su hábitat natural, contándonos, por ejemplo, que este monte era utilizado por los grovenses para traer el ganado o proveerse de leña pero que, una vez abandonado, fue tomado por una especie invasora, la acacia negra, y que ahora tratan de erradicarla. A la altura del Gran Hotel localizamos otra entrada, la de Vázquez Gulías, y unas vistas fantásticas.

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Nosotros decidimos volver sobre nuestros pasos y salir por el acceso de Costa do Hospitalillo a la vía que sigue de frente al entrar en la isla y que conduce a las antiguas fábricas de jabones La Toja y la famosa capilla de conchas de vieira dedicada a san Caralampio y a la Virgen del Carmen que data del siglo XII.

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Nuestra intención era alcanzar algún quiosco para comprar un helado y comerlo tranquilamente en la plaza central. La búsqueda de pavos reales, que constituía el entretenimiento de la mamá antonauta cuando era pequeña, ha sido sustituida hoy en día por una hormiga y un saltamontes… toboganes, elementos que dotan de originalidad otro parque infantil.

Para acabar el redescubrimiento de A Toxa nos quedamos por primera vez en una de sus playas, la de la entrada a la izquierda, justo enfrente de donde comenzamos el paseo.

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Y si no idílica, sí es cómoda y muy recomendable para niños: aparcamiento a la sombra en un pinar (nosotros pecamos de pardillos haciendo caso al llegar del cartel que indica que el paso está prohibido excepto para el plan marisquero y vigilancia), sin calado, con peces, cangrejos, ‘caramuxos’… y la posibilidad de vivir una gran aventura cruzando un puente por debajo (el agua, ni a la altura de la cintura, aunque la marea, subiendo, aún no estaba alta).

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Por si, además de cuatro parques (el forestal, el canino, el de los grobits y el de los insectos) necesitáis más alicientes para visitar A Toxa en familia, podéis proponeros la misión de responder a los interrogantes que se plantean en las entradas del parque forestal (¿qué estuvo oculto alrededor de noventa años bajo la vegetación?, ¿qué relevancia tuvo el parque en la construcción del puente de entrada a la isla?…). Nosotros no perdonaremos un paseo en un ciclo familiar (esos tuc tuc tan típicos) o en el tren turístico.

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¿Os ha resultado, como a nosotros, diferente esta isla de A Toxa?

 

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